Ahora resulta que un embrión es menos que una planta. Así que cada vez que una mujer sufre un aborto espontáneo y llora por la pérdida de su hijo o hija deberíamos decirle que está loca, porque lo que realmente ha perdido es una especie de tumor calcáreo y por tanto debería alegrarse. Sin embargo, con el tiempo, a partir de las catorce semanas exactamente, por un curioso truco de magia ese cálculo se ha convertido en un feto extrañamente parecido a un ser humano.
Es más, al cabo de unos nueve meses la mujer pasa por un extraño fenómeno que le obliga a expulsar un bebé de sus entrañas, el cual no se sabe cómo pudo llegar allí, teniendo en cuenta que al principio ni siquiera era un ser vivo. Me pregunto si el problema que tenemos es que los políticos de la izquierda han dejado de ser seres vivos en algún momento y ahora son sólamente máquinas sin corazón ni sentimientos.

